martes, 20 de noviembre de 2018

Calixto García Iñiguez - Diario / 6 de febrero de 1874



Generalísimo Máximo Gómez
Mi reunión con el General Gómez ha traído a mi memoria recuerdos de otras épocas, épocas desgraciadas en las cuales la Revolución agonizaba y en la que sólo la fe inquebrantable del patriota podía vislumbrar alguna esperanza de triunfo. Voy a escribir algo sobre una de las más terribles crisis que atravesó la causa de Cuba en el distrito en que yo operaba[1].

Corría el año de 1871. Era yo entonces Jefe de la Brigada de  Jiguaní y 2do  del  distrito de Santiago de Cuba, el General Gómez era jefe del distrito. Nuestra situación era apuradísima. No teníamos un cartucho y el  enemigo, que conocía  nuestra impotencia nos perseguía tenazmente. Teníamos que vivir en medio de las montañas y aun en estos puntos éramos asaltados a todas horas del día y de la noche. Yo estaba padeciendo intermitentes[2] y había llegado a tal estado de debilidad que a veces tenían que ponerme a caballo por no poder hacerlo por mí mismo.

Era el mes de Abril y recibí orden para reunirme al General Gómez en El Roble. Marché para ese punto y encontré en ese lugar a Gómez con su escolta y  ayudantes, yo sólo llevaba conmigo cuatro oficiales y algunos números, el resto  de mi brigada andaba en operaciones en Jiguaní y debía unírseme en El Roble. Teníamos que esperar mis fuerzas y las que se habían llamado de Cuba y tuvimos que permanecer en aquel lugar miserable y sin recursos de ninguna  especie, ocho días. Cómo vivimos, no he podido explicármelo pues un mulo que  matamos solo nos duró dos días y aquellas montañas no tenían colmenas. 

Recogíamos en las costas del Cauto algunas raíces de boniatos casi inservibles y  las devorábamos. La palma que aparecía caía bajo el filo del hacha para extraer  el palmito[3], uno de nuestros mejores platos, a pesar de comérnoslo cocido o crudo sin sal, pues carecíamos de ella. Allí me comunica Gómez que era indispensable tratar de apoderarnos por sorpresa de las trincheras de La Vuelta para proveernos de parque, pues sólo teníamos la fuerza a dos tiros y no quedaba reserva alguna, siempre he sido enemigo de empresas atrevidas, pero  esta me gustó pues podía hacer mejorar nuestro estado si conseguíamos una victoria y si éramos derrotados poco perdíamos.

Reunidas al fin las fuerzas marchamos con una columna de hambrientos y otra  de mujeres[4]. Estas quedaron en Monreal con una guardia que tenía el Coronel  Borrero, qué estaba enfermo, y seguimos con la fuerza a dar nuestro asalto. 

Llevábamos muchos desarmados, los que hicimos armar con gruesos maderos los cuales podían servir como armas ofensivas y defensivas a falta de otras. Se dio la orden de no tirar un tiro, sino avanzar resueltamente sobre la trinchera y tomarla al machete.

Las doce de la noche serían cuando llegamos a la Vuelta Grande. Marchaba a  vanguardia el Comandante Amor Muñoz con orden de contestar “España” al  “quien vive” de la avanzada y “Bailen” a la pregunta usual de “qué regimiento".

Sorprendida la avanzada sólo pudo hacer un disparó, cayendo todos en nuestro poder. Avanzó toda la fuerza con resolución, más, desgraciadamente no habíamos contado con una zanja[5] que había por el camino, porque estábamos como a cien pasos de la trinchera. Los prácticos que marchaban delante cayeron  en la zanja, y por sobre de ellos pasó toda la columna que marchaba sin prácticos y, en medio de la oscuridad de la noche, no pudo dirigirse a la trinchera.

Se ocupó el caserío y se dio orden de encender una casa para tener luz, ya había pasado más de un cuarto de hora y el enemigo preparado rompió el fuego sobre nosotros; pero tan certero y mortífero que en menos de una hora nos hizo más de 30 bajas.

Se hicieron supremos esfuerzos por ocupar la posición, mas todo fue inútil, y a las dos de la mañana tuvimos que tocar retirada, con nuestra fuerza en peor estado, pues a la extenuación en que se encontraba había que añadir el pánico[6] producido por la derrota. Afortunadamente el enemigo no quiso perseguirnos y casi arrastrándonos logramos volver al Júcaro con algunos heridos que salvamos pero sin tener alimentos ni medicinas que proporcionarles. Recuerdo siempre que yo hacia aplicar esponja a los heridos, única medicina que poseíamos y la que dábamos a diestro y siniestro como farmacia universal.

Amargas horas pasamos en aquel lugar, dejamos los heridos en casas de familiares[7] y nosotros marchamos para Monreal donde se reunieron las familias y de allí a Los Indios.

La familia en los campamentos mambises
Por dos veces he hablado de las familias y cualquiera extrañará que marcharan  con nosotros. Había sido necesario adoptar esta medida para poder salvarlas del  enemigo que las asesinaba donde quiera que las encontraba. De suerte que un    campamento nuestro, cuando emprendía marcha, parecía una horda de gitanos,  pues llevábamos con nosotros mujeres, niños, ancianos, perros, gatos y no  cerdos, pues a existir poco hubiera durado su vida, como resultaba a los gatos y aún a los perros.

Horrible cuadro presentaba nuestro campamento de Los Indios. El hambre se retrataba con todos los semblantes y como es natural la tristeza agobiaba todos los corazones.

Era menester tomar una resolución y era menester, sobre todo, comer, pues ya había hombres desmayados de debilidad. Enviamos pues la columna a Palmarito a buscar boniato y regresó a los dos días con mucha vianda. Como por encanto desapareció la tristeza y volvimos a formar cálculos alegres, mirando cercano el triunfo.

En  esta  excursión  tuvo  lugar  un  lance  que  pudo  traer  desagradables consecuencias para nuestros estómagos. Ya había cargado viandas la fuerza que había ido a Palmarito cuando pasó una partida enemiga como de 25 hombres.  Rompió el fuego con nuestra avanzada y aquí fue Troya. La gente estaba desmoralizada y emprendió la fuga, dejando el campo sembrado de jolongos[8], estacas, machetes, etcétera. A una media legua hicieron alto y reunidos varios  capitanes para resolver lo que debían hacer, celebraron consejo. Hubo diversidad  de opiniones, pero la ocurrencia más peregrina fue la del Capitán Avilés, que  quería se mandara al Cuartel General por un nuevo jefe y refuerzos para batir al  enemigo. A todo esto, este [el enemigo] seguía en marcha, asustado por el ruido que hacia en su huida nuestra gente, (eran  300  hombres), sin cuidarse de  reconocer el campo y, dichosamente para nosotros, un soldado cubano que se  había escondido tras una cerca, vio marchar al enemigo y dio el aviso a los oficiales que aún continuaban en consejo. Procediose  a recoger los jolongos abandonados y retornar al cuartel, donde, como dejo dicho, llevaron la alegría.

Dos días permanecimos reunidos y concluidos estos nos dividimos en pequeñas partidas, para eludir la activa persecución del enemigo, y para hacer una fácil subsistencia[9].

Yo me dirigí a Monreal, con 20 hombres, el resto de mi fuerza salió para distintos rumbos con órdenes de incorporarse 15 días después. El campamento de Monreal estaba situado en la vereda que conduce del Roble a Los Indios, vereda estrecha y por la cual hay que atravesar el río de Vio 10 o 12 ocasiones, toda es montuosa y el terreno tan pantanoso que al empezar las lluvias, sólo podíamos vivir rodeados de grandes fogatas para ahuyentar la plaga de mosquitos que tienen allí en esa época su habitual residencia. El fuego nos favorecía contra los mosquitos pero era inútil contra los jejenes y paqueyes que convertían nuestra noche en una perpetúa vigilia.

En este lugar, donde parecía imposible viniera el enemigo, fui asaltado también;  aunque afortunadamente sin sufrir baja ninguna. Una columna española llegó al Júcaro y lanzando guerrillas[10] por los montes apresó algunas familias, y a un joven cubano llamado Rafael Villasana. Le dieron cuenta [al enemigo] de encontrarme yo por allí y el jefe español ofreció a Villasana una gruesa suma de dinero con tal de que  le ayudara a mi prisión.

Consintió este joven con la esperanza, según luego me aseguró, de escaparse en el camino y al efecto se puso en marcha sirviendo  de práctico a la columna enemiga. Serían como las tres de la tarde cuando un niño[11] me dio aviso que venia el enemigo. Me preparé con algunos números para hacerle algunos tiros para lo cual repartí 24 cartuchos que me prestó condicionalmente el Sargento Pargas, que venia en comisión de Holguín[12], y a pocos momentos avanzó el enemigo con un nutrido fuego. Poca podía ser la resistencia pues se redujo a 20 o 30 disparos, retirándonos luego, para el bosque. Ocupó el enemigo mi campamento y lo que sentí más, ocupó también mi capote, que mi  asistente[13] dejó olvidado, pérdida irreparable pues este capote constituía mi cama y mi cobija. Creo qué no hubiera sentido tanto recibir un balazo.

Llegó la noche, el enemigo se retiró y nosotros volvimos a nuestros ranchos que encontramos quemados y los que reconstruimos al siguiente día[14].

Volvamos al práctico Villasana. No había podido fugarse en su marcha y tenía como cosa segura que habiendo fallado el golpe, al llegar al campamento sería fusilado. Así lo pensaba él y el instinto de conservación le hizo llevar a cabo un plan cuya realización parecía imposible. Contramarcharon los godos por la vereda que dejo descrita. Iba Villasana atado los codos y además una cuerda que llevara en la mano un soldado. Costeaban el río de Vio y al llegar a un recodo del camino, se tiró Villasana al río, que por aquel lugar hace barranco de más de ocho varas de altura. En su caída arrastró al soldado que lo conducía, el que atolondrado con la caída, soltó la cuerda que llevaba en la mano. Hízole el enemigo unos cuantos disparos pero afortunadamente sin recibir Villasana ningún daño, gracias a la oscuridad de la noche, y emprendió la fuga dejando a los soldados dando voces, perdidos en el bosque. Al día  siguiente se me presentó Villasana y por él tuve estos pormenores. Para concluir con Villasana diré que un año después, y cuando ya empezaba la época favorable para nuestras armas, se presentó al enemigo.

Permanecí algunos días en Monreal, de cuyo lugar tuve que salir a consecuencia  de las lluvias que convirtieron aquellos bosques en inmensas  lagunas, las que  hicieron desarrollar en la fuerza tal fiebre de calenturas y úlceras[15] que a poco me  deja sin soldados.                 

Ya se me había incorporado toda mi brigada, con la que marché para Aguacate. En este lugar y cuando tenía a mi frente una columna enemiga, recibí la expedición que envió el coronel Manuel Codina[16]. La situación de ahí en adelante, empezó  a mejorar notablemente.





[1] Estas retrospectivas que hace Calixto nos pone ante un hombre que tiene cualidades para desarrollar una síntesis histórica. El lector podrá darse cuenta que capta la esencia de los acontecimientos y lo expresa de forma precisa. Sin embargo Calixto fue remiso a escribir sus recuerdos de la guerra de forma sistemática.

[2] Se refiere a fiebres intermitentes.

[3] Parte del tallo de la palma real, que es comestible.

[4] Muchas veces las fuerzas insurrectas eran acompañadas por una gran cantidad de mujeres. Era una forma de protegerlas pero también de que el soldado tuviera cerca su mujer, esposa o amante y en general la familia. El sexo y la familia se convirtió en una de las bases espirituales de la resistencia. Una historiografía mojigata ha borrado de los libros sobre la guerra un asunto tan común como ese. Se han realizado numerosos estudios de cómo los mambises resolvían sus necesidades alimentarías pero muy pocos de cómo satisfacción sus necesidades sexuales y el gran esfuerzo que hicieron para mantener mujeres junto a ellos.

[5] En los alrededores de muchos fortines españoles se construía una zanja sobre la que se tendía una especie de puente levadizo.

[6] Tomar una trinchera o fortín español tan solo con un ataque de infantería era difícil y muy costoso. Los fortines eran de madera o piedras impenetrables para la fusilería mambisa. Además estaban rodeados de un profundo foso difícil de salvar. Si no se les sorprendía en el primer ataque, los atacados tenían todas las ventajas a su favor.

[7] La familia era esencial para atender a heridos y enfermos. Por lo que era frecuente esta medida de dejarlos en la casa de una familia. En ocasiones, incluso, se depositaban en casas de familias individuos que no la tenían. Contar con una familia era fundamental para sobrevivir tanto en lo
material como lo espiritual.

[8] Jolongo: generalmente era un saco que cada mambí llevaba consigo para depositar en él todo lo que encontraba y que podía serle de alguna utilidad.

[9] Este es un ejemplo típico de una táctica insurrecta: Fragmentar las fuerzas en momentos de penurias y derrotas. Lo que demostraba una gran confianza de estos soldados en sus jefes y una absoluta convicción en las ideas.

[10] Las llamadas “guerrillas” estaban integradas por campesinos y algunos militares españoles acostumbrados a la guerra irregular. Recibían una paga superior a la de las fuerzas regulares y además podían robar y vejar a las familias cubanas  que sorprendían en los bosques. Generalmente actuaban junto a una columna. Podían desplazarse rápidamente por el terreno,
incluso algunos “guerrilleros” habían militado en la insurrección por lo que conocían sus tácticas. La mayoría de las veces no llevaban uniforme para engañar a los libertadores. Para los “guerrilleros” no había perdón al ser hechos prisioneros por las tropas mambisas.

[11] Esta es la primera referencia que en su diario hace Calixto a un niño. Sin embargo los niños eran una constante en el escenario insurrecto.  Acompañaron a sus padres a la manigua mambisa y dejaron una grande cifra de tumbas por los campos insurrectos. Ellos, junto con los ancianos, son los grandes olvidados del 68.

[12]A un miembro del ejército libertador se le consideraba en comisión cuando recibía una misión específica de su jefe inmediato, muchas veces fuera del área donde operaba su unidad. Para esto recibía una papeleta o carta autorizándolo a desplazarse por el territorio. En algunos lugares
funcionaban postas encargadas de controlar el paso de todo extraño. El individuo que no tenía documentación que aclarara el motivo de por qué se encontraba de viaje, era detenido y considerado desertor e incluso espía enemigo.

[13] El asistente es uno de los grandes héroes desconocidos del ejército libertador. Estos individuos eran los encargados de crear todas las condiciones  materiales para la subsistencia del oficial al
que eran asignados.

[14] Existía un verdadero contrapunteo entre la construcción de ranchos rústicos por los mambises y su destrucción por las fuerzas hispanas. Los diarios de operaciones están llenos de información sobre la quema de estas casas. En la mentalidad de un ejército regular, la ocupación del  recinto donde radicaba el estado mayor del ejercito contrario o la casa que servia de albergue al jefe de las fuerzas contrarias tiene una gran significación pero en este caso los mambises abandonaban con absoluto desenfado sus instalaciones que no tardaban en reconstruir no muy lejos.

[15] Las ulceras en los pies y piernas, causadas por el rústico calzado y las largas caminatas u otros Motivos, eran uno de los problemas de salud mas críticos del ejercito libertador, pues se daban con frecuencia e inmovilizaba a los combatientes. Estar sin posibilidad de moverse era una de las mayores contrariedades que podía ocurrirle a estos soldados, porque para ellos el constante desplazamiento era asunto vital


[16] El coronel Manuel Codina trasladó desde las costas de Haití a Cuba una pequeña expedición organizada por la inmigración y con un aporte del gobierno haitiano.

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