| Generalísimo Máximo Gómez |
Mi
reunión con el General Gómez ha traído a mi memoria recuerdos de otras épocas,
épocas desgraciadas en las cuales la Revolución agonizaba y en la que sólo la fe
inquebrantable del patriota podía vislumbrar alguna esperanza de triunfo. Voy a
escribir algo sobre una de las más terribles crisis que atravesó la causa de
Cuba en el distrito en que yo operaba[1].
Corría
el año de 1871. Era yo entonces Jefe de la Brigada de
Jiguaní y 2do del distrito de Santiago de Cuba, el General
Gómez era jefe del distrito. Nuestra situación era apuradísima. No teníamos un cartucho y el enemigo, que conocía nuestra impotencia nos perseguía tenazmente.
Teníamos que vivir en medio de las montañas y aun en estos puntos éramos
asaltados a todas horas del día y de la noche. Yo estaba padeciendo
intermitentes[2]
y había llegado a tal estado de debilidad que a veces tenían que ponerme a
caballo por no poder hacerlo por mí mismo.
Era
el mes de Abril y recibí orden para reunirme al General Gómez en El Roble.
Marché para ese punto y encontré en ese lugar a Gómez con su escolta y ayudantes, yo sólo llevaba conmigo cuatro
oficiales y algunos números, el resto de
mi brigada andaba en operaciones en Jiguaní y debía unírseme en El Roble.
Teníamos que esperar mis fuerzas y las que se habían llamado de Cuba y tuvimos
que permanecer en aquel lugar miserable y sin recursos de ninguna especie, ocho días. Cómo vivimos, no he
podido explicármelo pues un mulo que matamos
solo nos duró dos días y aquellas montañas no tenían colmenas.
Recogíamos
en las costas del Cauto algunas raíces de boniatos casi inservibles y las devorábamos. La palma que aparecía caía
bajo el filo del hacha para extraer el
palmito[3],
uno de nuestros mejores platos, a pesar de comérnoslo cocido o crudo sin sal,
pues carecíamos de ella. Allí me comunica Gómez que era indispensable tratar de
apoderarnos por sorpresa de las trincheras de La Vuelta para proveernos de
parque, pues sólo teníamos la fuerza a dos tiros y no quedaba reserva alguna,
siempre he sido enemigo de empresas atrevidas, pero esta me gustó pues podía hacer mejorar
nuestro estado si conseguíamos una victoria y si éramos derrotados poco
perdíamos.
Reunidas
al fin las fuerzas marchamos con una columna de hambrientos y otra de mujeres[4].
Estas quedaron en Monreal con una guardia que tenía el Coronel Borrero, qué estaba enfermo, y seguimos con
la fuerza a dar nuestro asalto.
Llevábamos
muchos desarmados, los que hicimos armar con gruesos maderos los cuales podían
servir como armas ofensivas y defensivas a falta de otras. Se dio la orden de
no tirar un tiro, sino avanzar resueltamente sobre la trinchera y tomarla al
machete.
Las
doce de la noche serían cuando llegamos a la Vuelta Grande. Marchaba a vanguardia el Comandante Amor Muñoz con orden
de contestar “España” al “quien vive” de
la avanzada y “Bailen” a la pregunta usual de “qué regimiento".
Sorprendida
la avanzada sólo pudo hacer un disparó, cayendo todos en nuestro poder. Avanzó
toda la fuerza con resolución, más, desgraciadamente no habíamos contado con
una zanja[5]
que había por el camino, porque estábamos como a cien pasos de la trinchera.
Los prácticos que marchaban delante cayeron
en la zanja, y por sobre de ellos pasó toda la columna que marchaba sin
prácticos y, en medio de la oscuridad de la noche, no pudo dirigirse a la
trinchera.
Se
ocupó el caserío y se dio orden de encender una casa para tener luz, ya había
pasado más de un cuarto de hora y el enemigo preparado rompió el fuego sobre
nosotros; pero tan certero y mortífero que en menos de una hora nos hizo más de
30 bajas.
Se
hicieron supremos esfuerzos por ocupar la posición, mas todo fue inútil, y a
las dos de la mañana tuvimos que tocar retirada, con nuestra fuerza en peor
estado, pues a la extenuación en que se encontraba había que añadir el pánico[6]
producido por la derrota. Afortunadamente el enemigo no quiso perseguirnos y
casi arrastrándonos logramos volver al Júcaro con algunos heridos que salvamos
pero sin tener alimentos ni medicinas que proporcionarles. Recuerdo siempre que
yo hacia aplicar esponja a los heridos, única medicina que poseíamos y la que
dábamos a diestro y siniestro como farmacia universal.
Amargas
horas pasamos en aquel lugar, dejamos los heridos en casas de familiares[7]
y nosotros marchamos para Monreal donde se reunieron las familias y de allí a
Los Indios.
| La familia en los campamentos mambises |
Por
dos veces he hablado de las familias y cualquiera extrañará que marcharan con nosotros. Había sido necesario adoptar
esta medida para poder salvarlas del
enemigo que las asesinaba donde quiera que las encontraba. De suerte que
un campamento nuestro, cuando
emprendía marcha, parecía una horda de gitanos,
pues llevábamos con nosotros mujeres, niños, ancianos, perros, gatos y
no cerdos, pues a existir poco hubiera
durado su vida, como resultaba a los gatos y aún a los perros.
Horrible
cuadro presentaba nuestro campamento de Los Indios. El hambre se retrataba con
todos los semblantes y como es natural la tristeza agobiaba todos los
corazones.
Era
menester tomar una resolución y era menester, sobre todo, comer, pues ya había
hombres desmayados de debilidad. Enviamos pues la columna a Palmarito a buscar
boniato y regresó a los dos días con mucha vianda. Como por encanto desapareció
la tristeza y volvimos a formar cálculos alegres, mirando cercano el triunfo.
En esta
excursión tuvo lugar
un lance que
pudo traer desagradables consecuencias para nuestros
estómagos. Ya había cargado viandas la fuerza que había ido a Palmarito cuando pasó
una partida enemiga como de 25 hombres.
Rompió el fuego con nuestra avanzada y aquí fue Troya. La gente estaba desmoralizada
y emprendió la fuga, dejando el campo sembrado de jolongos[8], estacas, machetes, etcétera. A una media legua hicieron alto y
reunidos varios capitanes para resolver
lo que debían hacer, celebraron consejo. Hubo diversidad de opiniones, pero la ocurrencia más peregrina
fue la del Capitán Avilés, que quería se
mandara al Cuartel General por un nuevo jefe y refuerzos para batir al enemigo. A todo esto, este [el enemigo] seguía
en marcha, asustado por el ruido que hacia en su huida nuestra gente, (eran 300
hombres), sin cuidarse de
reconocer el campo y, dichosamente para nosotros, un soldado cubano que
se había escondido tras una cerca, vio
marchar al enemigo y dio el aviso a los oficiales que aún continuaban en consejo. Procediose a recoger los jolongos abandonados y retornar
al cuartel, donde, como dejo dicho, llevaron la alegría.
Dos
días permanecimos reunidos y concluidos estos nos dividimos en pequeñas
partidas, para eludir la activa persecución del enemigo, y para hacer una fácil
subsistencia[9].
Yo
me dirigí a Monreal, con 20 hombres, el resto de mi fuerza salió para distintos
rumbos con órdenes de incorporarse 15 días después. El campamento de Monreal
estaba situado en la vereda que conduce del Roble a Los Indios, vereda estrecha
y por la cual hay que atravesar el río de Vio 10 o 12 ocasiones, toda es
montuosa y el terreno tan pantanoso que al empezar las lluvias, sólo podíamos
vivir rodeados de grandes fogatas para ahuyentar la plaga de mosquitos que
tienen allí en esa época su habitual residencia. El fuego nos favorecía contra
los mosquitos pero era inútil contra los jejenes y paqueyes que convertían
nuestra noche en una perpetúa vigilia.
En
este lugar, donde parecía imposible viniera el enemigo, fui asaltado
también; aunque afortunadamente sin
sufrir baja ninguna. Una columna española llegó al Júcaro y lanzando guerrillas[10]
por los montes apresó algunas familias, y a un joven cubano llamado Rafael
Villasana. Le dieron cuenta [al enemigo] de encontrarme yo por allí y el jefe
español ofreció a Villasana una gruesa suma de dinero con tal de que le ayudara a mi prisión.
Consintió
este joven con la esperanza, según luego me aseguró, de escaparse en el camino
y al efecto se puso en marcha sirviendo
de práctico a la columna enemiga. Serían como las tres de la tarde
cuando un niño[11]
me dio aviso que venia el enemigo. Me preparé con algunos números para hacerle
algunos tiros para lo cual repartí 24 cartuchos que me prestó condicionalmente
el Sargento Pargas, que venia en comisión de Holguín[12],
y a pocos momentos avanzó el enemigo con un nutrido fuego. Poca podía ser la
resistencia pues se redujo a 20 o 30 disparos, retirándonos luego, para el
bosque. Ocupó el enemigo mi campamento y lo que sentí más, ocupó también mi
capote, que mi asistente[13]
dejó olvidado, pérdida irreparable pues este capote constituía mi cama y mi
cobija. Creo qué no hubiera sentido tanto recibir un balazo.
Llegó
la noche, el enemigo se retiró y nosotros volvimos a nuestros ranchos que
encontramos quemados y los que reconstruimos al siguiente día[14].
Volvamos
al práctico Villasana. No había podido fugarse en su marcha y tenía como cosa
segura que habiendo fallado el golpe, al llegar al campamento sería fusilado.
Así lo pensaba él y el instinto de conservación le hizo llevar a cabo un plan
cuya realización parecía imposible. Contramarcharon los godos por la vereda que
dejo descrita. Iba Villasana atado los codos y además una cuerda que llevara en
la mano un soldado. Costeaban el río de Vio y al llegar a un recodo del camino,
se tiró Villasana al río, que por aquel lugar hace barranco de más de ocho
varas de altura. En su caída arrastró al soldado que lo conducía, el que
atolondrado con la caída, soltó la cuerda que llevaba en la mano. Hízole el
enemigo unos cuantos disparos pero afortunadamente sin recibir Villasana ningún
daño, gracias a la oscuridad de la noche, y emprendió la fuga dejando a los
soldados dando voces, perdidos en el bosque. Al día siguiente se me presentó Villasana y por él
tuve estos pormenores. Para concluir con Villasana diré que un año después, y
cuando ya empezaba la época favorable para nuestras armas, se presentó al
enemigo.
Permanecí
algunos días en Monreal, de cuyo lugar tuve que salir a consecuencia de las lluvias que convirtieron aquellos
bosques en inmensas lagunas, las
que hicieron desarrollar en la fuerza
tal fiebre de calenturas y úlceras[15]
que a poco me deja sin soldados.
Ya
se me había incorporado toda mi brigada, con la que marché para Aguacate. En
este lugar y cuando tenía a mi frente una columna enemiga, recibí la expedición
que envió el coronel Manuel Codina[16].
La situación de ahí en adelante, empezó
a mejorar notablemente.
[1] Estas retrospectivas que hace
Calixto nos pone ante un hombre que tiene cualidades para desarrollar
una síntesis histórica. El lector podrá darse cuenta que capta la esencia de
los acontecimientos
y lo expresa de forma precisa. Sin embargo Calixto fue remiso a escribir sus
recuerdos de la guerra de forma sistemática.
[2] Se refiere a fiebres intermitentes.
[3] Parte del tallo de la palma real,
que es comestible.
[4] Muchas veces las fuerzas
insurrectas eran acompañadas por una gran cantidad de mujeres. Era
una forma de protegerlas pero también de que el soldado tuviera cerca su mujer,
esposa o amante
y en general la familia. El sexo y la familia se convirtió en una de las bases
espirituales de la resistencia. Una historiografía mojigata ha borrado de los
libros sobre la guerra un asunto tan común como ese. Se han realizado numerosos
estudios de cómo los mambises resolvían sus necesidades
alimentarías pero muy pocos de cómo satisfacción sus necesidades sexuales y el gran
esfuerzo que hicieron para mantener mujeres junto a ellos.
[5] En los alrededores de muchos
fortines españoles se construía una zanja sobre la que se tendía una
especie de puente levadizo.
[6] Tomar una trinchera o fortín
español tan solo con un ataque de infantería era difícil y muy costoso.
Los fortines eran de madera o piedras impenetrables para la fusilería mambisa.
Además estaban
rodeados de un profundo foso difícil de salvar. Si no se les sorprendía en el
primer ataque, los atacados tenían todas las ventajas a su favor.
[7] La familia era esencial para
atender a heridos y enfermos. Por lo que era frecuente esta medida de
dejarlos en la casa de una familia. En ocasiones, incluso, se depositaban en
casas de familias individuos
que no la tenían. Contar con una familia era fundamental para sobrevivir tanto
en lo
material
como lo espiritual.
[8] Jolongo: generalmente era un saco
que cada mambí llevaba consigo para depositar en él todo lo
que encontraba y que podía serle de alguna utilidad.
[9] Este es un ejemplo típico de una
táctica insurrecta: Fragmentar las fuerzas en momentos de penurias
y derrotas. Lo que demostraba una gran confianza de estos soldados en sus jefes
y una absoluta
convicción en las ideas.
[10] Las llamadas “guerrillas” estaban
integradas por campesinos y algunos militares españoles acostumbrados
a la guerra irregular. Recibían una paga superior a la de las fuerzas regulares
y además
podían robar y vejar a las familias cubanas
que sorprendían en los bosques. Generalmente
actuaban junto a una columna. Podían desplazarse rápidamente por el terreno,
incluso
algunos “guerrilleros” habían militado en la insurrección por lo que conocían
sus tácticas. La
mayoría de las veces no llevaban uniforme para engañar a los libertadores. Para
los “guerrilleros”
no había perdón al ser hechos prisioneros por las tropas mambisas.
[11] Esta es la primera referencia que
en su diario hace Calixto a un niño. Sin embargo los niños eran una constante
en el escenario insurrecto. Acompañaron a sus padres a la manigua mambisa y
dejaron una grande cifra de tumbas por los campos insurrectos. Ellos, junto con
los ancianos, son los grandes olvidados del 68.
[12]A un miembro del ejército libertador
se le consideraba en comisión cuando recibía una misión específica
de su jefe inmediato, muchas veces fuera del área donde operaba su unidad. Para
esto recibía
una papeleta o carta autorizándolo a desplazarse por el territorio. En algunos
lugares
funcionaban
postas encargadas de controlar el paso de todo extraño. El individuo que no
tenía documentación
que aclarara el motivo de por qué se encontraba de viaje, era detenido y considerado
desertor e incluso espía enemigo.
[13] El asistente es uno de los grandes
héroes desconocidos del ejército libertador. Estos individuos eran
los encargados de crear todas las condiciones
materiales para la subsistencia del oficial al
que
eran asignados.
[14] Existía un verdadero contrapunteo
entre la construcción de ranchos rústicos por los mambises y
su destrucción por las fuerzas hispanas. Los diarios de operaciones están
llenos de información sobre la quema de estas casas. En la mentalidad de un
ejército regular, la ocupación del
recinto donde radicaba el estado mayor del ejercito contrario o la casa
que servia de albergue al jefe de las fuerzas contrarias tiene una gran
significación pero en este caso los mambises abandonaban con absoluto desenfado
sus instalaciones que no tardaban en reconstruir no muy lejos.
[15] Las ulceras en los pies y piernas,
causadas por el rústico calzado y las largas caminatas u otros Motivos,
eran uno de los problemas de salud mas críticos del ejercito libertador, pues
se daban con frecuencia
e inmovilizaba a los combatientes. Estar sin posibilidad de moverse era una de
las mayores contrariedades que podía ocurrirle a estos soldados, porque para
ellos el constante desplazamiento era asunto vital
[16] El coronel Manuel Codina trasladó
desde las costas de Haití a Cuba una pequeña expedición organizada
por la inmigración y con un aporte del gobierno haitiano.
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